divendres, 17 de juliol de 2015

Paisaje, impresión y aura (castellana)

Walter Benjamin nos dice que la primera vista de un pueblo o ciudad en la lejanía es especial, única. En algunos casos, la visión puede parecer casi invisible, de bella y perfecta que es, como en la excursión a Sant Vicent. Esa primera impresión no es repetible, pues se da desde la lejanía y con anterioridad a una sensación de proximidad, de cercanía, que es imposible que se haya dado previamente. Curiosamente, como explica en La muralla, esa sensación mágica puede suceder cuando no advertimos que lo contemplado ya es conocido, cuando lo vemos desde un ángulo, un punto de vista, que nos lo hace irreconocible. Esa experiencia especial de extrañeza y distancia es posible relacionarla con algunas de las nociones del aura que emplea Benjamin, pues, como él mismo indica, cada lugar es único, en cada emplazamiento se da una combinación peculiar de seres vivos que no es repetible -un encuentro o intersección, traducido como constelación en una de las traducciones al castellan, de animales y plantas, para seguir la expresión del autor-, incluso de variedades casi infinitas de estos, que solo son conocidas por los locales (Al sol), paradójicamente aquellos que no pueden hablar de su territorio, pero conocen todos sus nombres. Nombres descriptivos o que crean lugares, especificidades únicas e irrepetibles que combinan lo humano y lo supuestamente natural y definen el verdadero lugar, todos estos son elementos que menciona Perejaume y que conectan claramente con lo ya expuesto.

La cercanía, el vivir y recorrer el lugar, el pensarse o creerse ya en cierto grado de intimidad con él, evita el vagabundeo, la pérdida (de lo que se deduce que Benjamin realmente no conocía el lugar donde se desarrolla La muralla), y abre unas perspectivas nuevas. El lugar ahora familiar, el lugar entendido como hogar, se asocia entonces a elementos cotidianos, repetidos y rítmicos, aquellos que, añado, quizás se pueden recordar después con nostalgia, como las campanas que marcan las horas desde el campanario. El vivir acompasado con esos ritmos y sonidos diarios, el probablemente ni advertirlos conscientemente como algo que ya es parte del ambiente y del diario vivir, sería lo propio del habitante, del nativo o el establecido por cierto tiempo, en oposición al viajero o turista que no se apropia o disuelve en el lugar. El turista o veraneante del siglo XXI no experimenta el lugar y/o lo hace parcialmente como exotismo, sin integrarse a los ritmos y sonidos del lugar. Ahí, la memoria involuntaria es imposible o, inversamente, te transporta a otro lugar, te desplaza a otro espacio. En la mayor perversión posible, el veraneante o el habitante estacional exige la desaparición de los sonidos y los olores del lugar, de todo aquello que distrae del disfrute del paisaje y supuestamente impide el sueño: estiércol y heces de los animales, sonidos emitidos por el ganado, campanadas de la iglesia, pregones y otras formas de comunicación/socialización local.

5 comentaris:

  1. "OBJETOS PERDIDOS. Lo que hace tan incomparable e irrecuperable la primera visión de una aldea o de una ciudad en medio del paisaje es el hecho de que, en ella, la lejanía y la proximidad vibran estrechísimamente unidad. La costumbre aún no ha culminado su labor. No bien empezamos a orientarnos, el paisaje desaparece de golpe como la fachada de una casa cuando entramos en ella. Aún no ha conseguido imponerse gracias a la exploración constante, convertida en costumbre. Una vez que empezamos a orientarnos en algún lugar, aquella imagen no podrá reproducirse nunca más"
    W. Benjamin/ Oficina de objetos perdidos

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  3. A continuación, en Objetos hallados, Benjamin menciona un único ejemplo de aquella lejanía que no puede dejar de serlo, que por mucho que nos aproximemos físicamente no se convierte en cercanía real ni tampoco nos abre nuevas posibilidades de lejanía: los bastidores o decorados teatrales. Sería interesante reflexionar hasta qué punto las imágenes fotográficas, cinematográficas o pictóricas, lo que vemos actualmente en nuestras pantallas, no acaba respondiendo total o parcialmente a lo que describe Benjamin respecto a los bastidores

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  4. Pensemos cuál es el límte de la proximidad a la imagen de nuestro tiempo por excelencia, aquello a lo que podemos llegar cuando nos aproximamos hasta el límite de las posibilidades: el píxel. Cual pincelada impresionista, el píxel es la unidad básica, la máxima aproximación visual, que no nos permite ir más allá y que ya no posibilita distinguir una forma reconocible, que podemos encontrar en la imagen digital, sea esta fotográfica, cinematográfica o cualquiera otra imagen no creada digitalmente (incluyendo la pictórica) que ha sido transferida a ese formato.

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  5. Paradójicamente, matemáticamente el espacio es divisible infinitamente (por eso Aquiles nunca alcanzará a la tortuga, ¿verdad Zenón?), pero su imagen digital no puede descomponerse, no podemos aproximarnos a ella, más allá de un límite (la imagen "real" dispone de microscopios y telescopios), el píxel. ¿Será el píxel postmoderno el equivalente del decorado o bastidor de Benjamin?

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